La discusión había comenzado por algo aparentemente pequeño.
Una joven empleada llamada Elena Morales había entrado en el salón sin permiso durante una reunión familiar.
El dueño de la casa, Alejandro Romano, estaba furioso.
—¿Quién te autorizó a entrar?
Elena levantó las manos.
—Señor Romano, yo solo intentaba ayudar.
—¿Ayudar con qué?
Elena miró hacia el pasillo.
Hacia la habitación donde dormía el bebé.
Pero antes de que pudiera responder, la madre de Alejandro, Teresa Romano, intervino.
—Está exagerando.
Elena se quedó callada.
Teresa permanecía con los brazos cruzados.
Serena.
Demasiado serena.
A pocos metros estaba Sofía, la esposa de Alejandro y madre del pequeño Nico, de apenas tres meses.
Sofía miró a Elena.
—¿Qué pasó con mi hijo?
Elena tragó saliva.
—Eso es lo que intento explicar.
Teresa suspiró.
—Elena entró en la habitación sin autorización, despertó al bebé y después comenzó a hacer acusaciones absurdas.
—No lo desperté —dijo Elena.
—Yo te vi allí.
—Sí. Pero Nico ya estaba despierto.
Teresa respondió inmediatamente:
—Eso no es cierto.
Elena la miró.
Y por primera vez pareció asustada.
—Señora Teresa, por favor.
—¿Por favor qué?
—No haga esto.
Alejandro golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta!
Todos se callaron.
—Quiero saber exactamente qué ocurrió.
Elena respiró profundamente.
—Entré en la habitación porque escuché llorar al bebé.
Sofía frunció el ceño.
—¿A qué hora?
—Poco después de las dos.
Sofía miró a Alejandro.
—Yo estaba contigo abajo.
Alejandro asintió.
Teresa intervino.
—Yo revisé a Nico a las dos. Estaba dormido.
Elena negó con la cabeza.
—No cuando yo entré.
—Entonces se despertó después.
—No.
Elena comenzó a temblar.
—Estaba llorando desde antes.
Teresa sonrió con frialdad.
—¿Y ahora también puedes saber cuánto tiempo llevaba llorando?
Elena no respondió.
En cambio, metió la mano en el bolsillo de su uniforme.
Sacó algo pequeño.
Un chupete.
Sofía lo reconoció.
—Es de Nico.
Elena asintió.
—Lo encontré debajo de la cuna.
Teresa se encogió de hombros.
—Los bebés tiran cosas.
—No fue eso lo que me preocupó.
—¿Entonces qué?
Elena miró a Sofía.
—La manta.
Sofía se puso rígida.
—¿Qué tenía la manta?
Elena bajó la voz.
—No era la manta que usted dejó esta mañana.
Teresa respondió demasiado rápido.
—Claro que lo era.
Todos la miraron.
Alejandro frunció el ceño.
—Mamá, ¿cómo sabes qué manta dejó Sofía?
Por primera vez, Teresa tardó en contestar.
—Porque entré a verlo.
Sofía se volvió hacia ella.
—Me dijiste que no habías entrado después del almuerzo.
Silencio.
La tensión cambió.
Ya no estaban discutiendo sobre Elena.
Ahora estaban discutiendo sobre Teresa.
—¿Entraste o no? —preguntó Alejandro.
—Solo unos minutos.
Elena negó lentamente.
—No fueron unos minutos.
Teresa la miró con dureza.
—Ten cuidado.
Elena comenzó a llorar.
Pero siguió hablando.
—Cuando entré, la señora Teresa estaba junto a la cuna.
Sofía palideció.
—¿Haciendo qué?
Elena miró al bebé a través de la puerta entreabierta.
—Tenía algo en la mano.
Teresa dio un paso hacia ella.
—Eso es mentira.
—Lo vi.
—¿Qué viste?
Elena dudó.
—Un sobre pequeño.
Alejandro preguntó:
—¿Qué había dentro?
—No lo sé.
Teresa respondió:
—Porque no había ningún sobre.
Entonces Elena dijo algo que hizo que Sofía dejara de respirar.
—Tenía escrito el nombre de Nico.
Alejandro miró a su madre.
—¿Había un sobre?
—No.
—Elena dice que sí.
—Elena está intentando conservar su trabajo.
La joven empleada negó.
—No me importa el trabajo.
Su voz se quebró.
—Me importa el bebé.
Sofía se acercó.
—Elena, mírame.
Elena levantó los ojos.
—Dime qué viste.
La joven respiró profundamente.
—Vi a la señora Teresa sacar algo del sobre.
—¿Qué?
—Una pulsera.
Teresa cerró los ojos durante apenas un segundo.
Pero Alejandro lo vio.
—¿Qué pulsera?
Elena respondió:
—Una pulsera de hospital.
Sofía se quedó inmóvil.
—¿De Nico?
—Eso pensé.
—¿Qué decía?
Elena miró a Teresa.
—No decía Nico Romano.
Silencio.
—¿Qué decía?
Elena contestó:
—BEBÉ MORALES.
Alejandro se volvió hacia su madre.
—Explícame eso.
Teresa ya no parecía tranquila.
—No puedo.
—Hace un minuto decías que Elena estaba mintiendo.
—No entiende lo que vio.
—Entonces hazme entenderlo.
Teresa se sentó lentamente.
Sofía preguntó:
—¿Por qué había una pulsera con otro apellido junto a la cuna de mi hijo?
Teresa miró hacia el pasillo.
—Porque esa pulsera estaba con Nico cuando nació.
Sofía negó con la cabeza.
—No.
—Sí.
—Yo vi su pulsera.
NICO ROMANO.
Teresa respondió:
—Viste la segunda.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Segunda?
Teresa explicó que el día del nacimiento de Nico hubo un problema con los registros del hospital.
Durante treinta y siete minutos, el bebé figuró bajo otro apellido.
Morales.
Después alguien corrigió el expediente.
La familia nunca fue informada.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Sofía.
Teresa no respondió.
Elena sí.
—Porque ella estuvo allí.
Sofía la miró.
—Teresa estaba conmigo durante el parto.
Elena negó.
—No me refiero a eso.
Sacó su teléfono.
Había tomado una fotografía de la pulsera antes de que Teresa se la quitara.
En la parte inferior aparecía una fecha.
El día del nacimiento de Nico.
Y debajo:
HABITACIÓN 214
Sofía susurró:
—Yo estaba en la 216.
Elena asintió.
—Exactamente.
Alejandro miró a Teresa.
—¿Qué ocurrió en la habitación 214?
Teresa comenzó a llorar.
—Había otro bebé.
Sofía sintió que las piernas le fallaban.
—¿Qué otro bebé?
—Un niño.
—¿De quién?
Teresa tardó demasiado en responder.
—De Elena.
Todos miraron a la empleada.
Elena palideció.
—¿Qué?
Teresa señaló la pulsera.
—Morales es tu apellido.
Elena retrocedió.
—Yo nunca he tenido un hijo.
—Eso te dijeron.
La joven dejó de respirar por un instante.
Elena tenía veintidós años.
A los diecisiete había sufrido un accidente grave.
Pasó semanas hospitalizada.
Le dijeron que las lesiones habían provocado complicaciones internas.
Pero Teresa aseguró que aquella historia era falsa.
Elena había estado embarazada.
Y había dado a luz.
Elena comenzó a llorar.
—Eso es imposible.
—Tu madre firmó los documentos.
—Mi madre murió cuando yo tenía dieciocho.
—Precisamente.
Elena miró a Alejandro.
—Yo no recuerdo ningún embarazo.
Teresa respondió:
—Porque estuviste sedada durante gran parte de los últimos meses.
Sofía intervino.
—Eso no tiene sentido. Nico nació hace tres meses. Elena tenía diecisiete hace cinco años.
Teresa asintió.
—La pulsera no pertenecía al bebé que nació hace tres meses.
Silencio.
—¿Entonces por qué tenía la fecha del nacimiento de Nico?
—Porque alguien reutilizó el número del expediente.
Alejandro abrió inmediatamente los registros hospitalarios.
HABITACIÓN 214.
Cinco años antes:
ELENA MORALES — INGRESO CONFIDENCIAL
Resultado:
NACIMIENTO MASCULINO
Pero no aparecía ningún nombre para el niño.
Solo:
TRANSFERIDO.
Autorización:
T. ROMANO
Alejandro miró a su madre.
—Teresa Romano.
Ella negó.
—Yo no firmé eso.
La firma parecía suya.
Pero Teresa insistió en que nunca había visto el documento.
Sofía preguntó:
—¿Qué tiene esto que ver con Nico?
Elena señaló la fotografía de la pulsera.
—Miren el número.
Debajo del apellido Morales aparecía:
4471
Alejandro abrió el expediente de Nico.
Número neonatal:
4471
Mismo número.
Cinco años de diferencia.
Dos bebés.
Un solo identificador.
Teresa susurró:
—Por eso guardé la pulsera.
—¿Desde cuándo la tienes?
—Desde que Nico nació.
—¿Dónde la encontraste?
Teresa miró a Elena.
—Dentro de su manta.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Mi manta?
—La manta blanca que tú preparaste para Nico.
Sofía miró a la empleada.
Elena había cosido personalmente una manta para el bebé como regalo.
La joven comenzó a negar con la cabeza.
—Yo no puse ninguna pulsera ahí.
—Lo sé —respondió Teresa.
Eso sorprendió a todos.
—Entonces ¿quién?
—La persona que quería que yo la encontrara.
Dentro del sobre que Elena había visto había otra cosa.
Una fotografía.
Teresa finalmente la sacó de su bolsillo.
Mostraba a un niño de aproximadamente cinco años.
Cabello oscuro.
Ojos grandes.
Y una pequeña marca junto a la oreja izquierda.
Sofía miró hacia la cuna.
Nico tenía exactamente la misma marca.
—¿Quién es ese niño?
Teresa respondió:
—Se llama Mateo.
Elena miró la fotografía.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Lo conozco.
—¿De dónde?
—No sé.
Entonces cerró los ojos.
Un recuerdo.
Una habitación blanca.
Una mujer llorando.
Un bebé.
Y alguien diciendo:
“No puedes quedártelo.”
Elena se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Alejandro preguntó:
—¿Mateo es tu hijo?
Elena comenzó a llorar.
—No lo sé.
Pero los documentos sugerían que sí.
El problema era que nadie sabía dónde estaba Mateo ahora.
Hasta que Sofía vio el reverso de la fotografía.
Había una dirección.
CASA BELLINI — HABITACIÓN 17
Alejandro reconoció el lugar.
Era una antigua propiedad de su padre, Vittorio Romano.
Cerrada desde hacía años.
Fueron esa misma noche.
La casa parecía abandonada.
Pero la habitación 17 no lo estaba.
Había juguetes.
Ropa infantil.
Libros.
Una cama pequeña.
Y fotografías de Mateo creciendo año tras año.
Alguien había estado cuidando al niño.
En la última fotografía aparecía una mujer.
Teresa se quedó blanca.
Sofía preguntó:
—¿Quién es?
Teresa susurró:
—Mi hermana.
Lucía Romano.
Alejandro frunció el ceño.
—No tienes una hermana.
—Eso es lo que te dijo tu padre.
Lucía había sido borrada de la familia décadas atrás.
Oficialmente murió siendo adolescente.
En realidad, Vittorio la obligó a desaparecer después de descubrir algo sobre los registros de nacimiento de la familia.
Elena preguntó:
—¿Lucía tiene a Mateo?
Teresa respondió:
—Eso parece.
Entonces Alejandro encontró una grabadora.
Presionó reproducir.
Una voz femenina habló.
“Elena, si estás escuchando esto, Mateo está vivo.”
Elena cayó de rodillas.
“Y sí. Es tu hijo.”
La joven comenzó a llorar.
Pero la grabación continuó.
“No te lo quitaron por accidente.”
“Lo escondieron porque su padre era un Romano.”
Alejandro se quedó inmóvil.
Elena levantó la mirada.
—¿Quién era el padre?
La grabación respondió:
“No confíes en el primer registro.”
Luego terminó.
Encontraron el primer registro.
Padre:
ALEJANDRO ROMANO
Sofía miró a su marido.
Elena retrocedió inmediatamente.
—No.
Alejandro negó.
—Nunca estuve con Elena.
Las fechas tampoco encajaban.
Cinco años antes, Alejandro estaba desplegado fuera del país.
No había conocido a Elena.
Alguien había usado su nombre.
El segundo registro mostraba:
GABRIEL ROMANO
El hermano mayor de Alejandro.
Supuestamente muerto siete años antes del nacimiento de Mateo.
Otra imposibilidad.
Teresa cerró los ojos.
—Gabriel no murió.
Alejandro la miró.
—¿Qué acabas de decir?
—Tu padre lo hizo desaparecer.
Gabriel Romano descubrió que Vittorio estaba utilizando registros de familiares para mover propiedades y cuentas.
Cuando amenazó con denunciarlo, desapareció.
Teresa permitió que todos creyeran que había muerto.
—¿Gabriel es el padre de Mateo? —preguntó Elena.
Teresa no lo sabía.
Pero Lucía sí.
En un armario encontraron un sobre:
PARA ELENA — CUANDO RECUERDE AL BEBÉ
Dentro había una prueba genética.
Mateo era hijo biológico de Elena.
Confirmado.
El padre también pertenecía a la familia Romano.
Pero no era Alejandro.
Ni Gabriel.
La coincidencia más cercana era:
RELACIÓN PATERNA: HIJO DE VITTORIO ROMANO
Alejandro frunció el ceño.
—Eso todavía podría ser Gabriel.
Teresa negó.
—O tu otro hermano.
Silencio.
—¿Qué otro hermano?
Vittorio y Teresa habían tenido tres hijos.
Gabriel.
Alejandro.
Y Daniel Romano.
Daniel fue declarado muerto horas después de nacer.
Teresa siempre creyó que era verdad.
Hasta que años después encontró un registro de transferencia.
Daniel había sobrevivido.
Alguien lo había criado bajo otro apellido.
Daniel Morales.
Elena dejó caer el documento.
Morales.
Su apellido.
Daniel Morales había sido criado por la familia de Elena.
Ella lo conoció como un primo lejano.
Cuando Elena tenía diecisiete años, Daniel desapareció.
Poco después ocurrió su supuesto accidente y su largo ingreso hospitalario.
Sus recuerdos de aquel período eran incompletos.
Elena comenzó a temblar.
—Daniel…
Un recuerdo regresó.
Daniel sentado junto a ella.
Tomándole la mano.
Diciéndole que quería protegerla.
La prueba genética confirmó después que Daniel Romano era el padre de Mateo.
Eso convertía al niño en nieto de Teresa.
Y sobrino de Alejandro.
Pero todavía no explicaba a Nico.
¿Por qué compartía el mismo número 4471?
Lucía había dejado otra grabación.
“Mateo fue el primer niño.”
“Nico es el segundo.”
“Pero el número no identifica a los bebés.”
“Identifica a la familia.”
4471 era un código utilizado por Vittorio para marcar a los descendientes cuya existencia debía mantenerse fuera de los registros públicos.
Mateo había recibido el código primero.
Cinco años después, alguien lo asignó a Nico.
¿Por qué?
Porque alguien creía que Nico también pertenecía a esa misma línea familiar secreta.
Sofía palideció.
—Nico es hijo de Alejandro.
—Sí —respondió Teresa.
—Entonces ya pertenece a los Romano.
Teresa negó lentamente.
—No es eso lo que significa.
El código 4471 no marcaba a todos los Romano.
Solo a los descendientes de Daniel Romano.
Sofía miró a Alejandro.
—Pero Nico no es hijo de Daniel.
Alejandro tampoco entendía.
Hasta que Elena encontró otra página.
DANIEL ROMANO — GEMELO A
Debajo:
ALEJANDRO ROMANO — GEMELO B
Alejandro dejó de respirar.
Teresa comenzó a llorar.
—Me dijeron que Daniel había muerto.
—¿Éramos gemelos?
—Sí.
Eso significaba que Daniel y Alejandro compartían una relación genética extremadamente cercana.
Pero aun así, una prueba moderna podía distinguirlos.
Solicitaron una nueva comparación.
Nico era hijo biológico de Alejandro.
Sin duda.
Entonces el código no estaba marcando genética.
Estaba marcando otra cosa.
En la parte inferior del expediente apareció:
4471 — PROGRAMA DE TUTELA
No era un código médico.
Era un sistema legal.
Vittorio había creado documentos secretos para mover niños de una rama de la familia a otra.
Mateo había sido transferido.
Y alguien había iniciado el mismo proceso para Nico.
Sofía sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Alguien quería llevarse a mi hijo?
Teresa asintió.
—Eso era lo que intentaba impedir.
Elena la miró.
—Entonces ¿por qué mentiste cuando dije que te vi junto a la cuna?
Teresa bajó la cabeza.
—Porque encontré el documento de transferencia esta tarde.
—¿Qué documento?
Teresa sacó un papel doblado.
TRANSFERENCIA DE TUTELA — NICO ROMANO
Nueva tutora:
LUCÍA ROMANO
Fecha efectiva:
El día siguiente.
Firma del padre:
ALEJANDRO ROMANO
Alejandro palideció.
—Yo nunca firmé eso.
Firma de la madre:
SOFÍA ROMANO
Sofía negó.
—Tampoco yo.
Alguien había falsificado ambas firmas.
Teresa había entrado en la habitación para esconder la documentación antes de que la persona responsable pudiera completar la transferencia.
Elena la sorprendió.
Teresa entró en pánico.
En lugar de contar la verdad, intentó desacreditarla.
—Entonces ella tenía razón —dijo Alejandro.
Teresa asintió.
—Sí.
Elena no estaba intentando protegerse.
Estaba intentando proteger al bebé.
Pero faltaba algo.
¿Quién había creado la transferencia?
El documento incluía una autorización final:
D. ROMANO
Alejandro miró a Teresa.
—Daniel.
Su gemelo perdido.
Si Daniel estaba vivo, podía estar intentando repetir con Nico lo que alguien había hecho con Mateo.
Pero Elena negó.
—Daniel no haría eso.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque recuerdo algo.
Todos la miraron.
Elena cerró los ojos.
—Daniel intentó impedir que se llevaran a Mateo.
Sus recuerdos regresaban lentamente.
Después del parto, Daniel había estado allí.
Había discutido con un hombre.
Había intentado llevarse a Elena y al bebé.
Entonces alguien lo golpeó.
Después, Elena despertó sin Mateo.
Daniel desapareció.
Ella fue convencida de que todo había sido consecuencia del accidente.
—Entonces alguien utilizó la firma de Daniel —dijo Alejandro.
Igual que ahora alguien estaba usando la de Alejandro.
Dos hermanos.
Dos firmas.
Dos bebés.
El mismo código.
La misma estrategia.
Revisaron las cámaras de la casa.
A las 13:42, antes de la discusión, un hombre había entrado por la puerta de servicio.
Teresa lo reconoció.
—No puede ser.
Alejandro amplió la imagen.
El hombre tenía aproximadamente su misma edad.
Misma altura.
Rasgos inquietantemente similares.
Elena comenzó a llorar.
—Daniel.
El gemelo perdido de Alejandro estaba vivo.
Pero el video mostró algo inesperado.
Daniel no entró en la habitación de Nico.
Se dirigió al despacho de Vittorio.
Dejó un sobre.
Después se marchó.
Teresa abrió el sobre.
Dentro había una nota:
NO DEJES QUE SE LLEVEN A NICO COMO SE LLEVARON A MATEO.
Daniel estaba intentando advertirlos.
No secuestrar al bebé.
Entonces, ¿quién había preparado la transferencia?
Debajo de la nota había una fotografía.
Un hombre sosteniendo a Mateo.
No era Daniel.
No era Alejandro.
Era Vittorio Romano.
El padre de ambos.
El hombre que oficialmente había muerto tres años antes.
Sofía susurró:
—Vittorio está vivo.
Teresa negó lentamente.
—Ese no es Vittorio.
Alejandro la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Tu padre tenía un hermano idéntico.
Lorenzo Romano.
Gemelo de Vittorio.
Oficialmente muerto hacía treinta años.
Sin cuerpo identificado.
Sin tumba verificable.
Teresa había descubierto demasiado tarde que los dos hermanos habían utilizado ocasionalmente la misma identidad.
Eso explicaba las firmas.
Los documentos.
Las contradicciones.
Y quizá explicaba quién había creado el sistema 4471.
Pero Elena señaló algo en la fotografía.
El hombre sostenía a Mateo con la mano izquierda.
En su muñeca había una pulsera.
4471
La misma cifra.
No como número de bebé.
Como identificación personal.
El programa había existido antes de Mateo.
Antes de Nico.
Antes incluso de Alejandro.
4471 pertenecía originalmente a uno de los hermanos Romano.
Y los niños marcados con ese número eran descendientes vinculados a él.
Alejandro preguntó:
—¿Vittorio o Lorenzo?
Teresa respondió:
—No lo sé.
Entonces escucharon llorar a Nico.
Todos corrieron hacia la habitación.
El bebé estaba bien.
Pero sobre la manta blanca había algo que antes no estaba.
Un pequeño sobre.
Nadie había visto entrar a nadie.
Alejandro lo abrió.
Dentro había dos pulseras.
Una decía:
MATEO MORALES — 4471
La otra:
NICO ROMANO — 4471
Y una nota:
DOS NIÑOS.
DOS MADRES.
EL MISMO ERROR.
Sofía miró a Elena.
Elena miró a Teresa.
Alejandro dio vuelta la nota.
Había otra frase:
TERESA SABE QUIÉN FIRMÓ LA PRIMERA TRANSFERENCIA.
Todos miraron a la mujer mayor.
La frialdad desapareció de su rostro.
—No —susurró.
Alejandro se acercó.
—Mamá, ¿quién fue?
Teresa comenzó a llorar.
—Si os lo digo, todo lo que creéis sobre esta familia cambia.
—Dilo.
Teresa miró primero a Nico.
Después a Elena.
Y finalmente a Alejandro.
—La primera transferencia no la firmó Vittorio.
Silencio.
—Tampoco Lorenzo.
—¿Entonces quién?
Teresa respondió:
—Yo.
Elena retrocedió.
—¿Tú me quitaste a Mateo?
—No.
—¡Tu firma está ahí!
—Firmé porque me dijeron que el niño estaba en peligro.
—¿Quién te lo dijo?
Teresa cerró los ojos.
—Tu madre.
Elena se quedó inmóvil.
—Mi madre está muerta.
Teresa negó.
—No.
Otra muerte que quizá nunca ocurrió.
La madre de Elena se llamaba Clara Morales.
Había desaparecido cuatro años antes.
Teresa siempre creyó que había muerto.
Hasta que recibió una carta hacía tres semanas.
La carta decía:
NICO SERÁ EL SIGUIENTE.
CUANDO ELENA RECUERDE A MATEO, BUSCA 4471.
Y NO CONFÍES EN EL HOMBRE QUE REGRESE LLAMÁNDOSE DANIEL.
Elena palideció.
—¿Daniel no es Daniel?
Teresa respondió:
—Eso es lo que Clara intentaba advertirme.
Había dos fotografías del gemelo de Alejandro.
En una aparecía Daniel Morales.
En otra, un hombre prácticamente idéntico.
Nombre:
DAVID ROMANO.
Alejandro miró a su madre.
—¿Otro hermano?
Teresa comenzó a llorar.
—No tuve gemelos.
Silencio.
—Tuve trillizos.
Daniel.
David.
Alejandro.
Vittorio le dijo que dos habían muerto.
Solo Alejandro volvió a casa con ella.
Pero los documentos demostraban que los otros dos sobrevivieron.
Uno se convirtió en Daniel Morales.
Del otro no había registros públicos.
Entonces Elena comprendió.
El hombre que ella recordaba como Daniel quizá no siempre había sido Daniel.
David podía haber utilizado el mismo nombre.
Uno era el padre de Mateo.
El otro podía ser quien había intentado llevárselo.
Y ahora uno de ellos había regresado.
Pero nadie sabía cuál.
El teléfono de Alejandro vibró.
Número desconocido.
Una fotografía reciente.
Mateo.
Cinco años.
Vivo.
Sentado junto a un hombre con el rostro de Alejandro.
Mensaje:
SOY DANIEL.
Segundo mensaje:
MATEO ESTÁ CONMIGO.
Elena comenzó a llorar.
Entonces llegó un tercer mensaje.
EL HOMBRE QUE ENTRÓ HOY EN TU CASA NO ERA YO.
Todos se quedaron inmóviles.
Alejandro volvió a mirar la grabación de seguridad.
El hombre que había entrado por la puerta de servicio.
El hombre al que Elena había reconocido.
El hombre que había dejado la advertencia sobre Nico.
Si realmente no era Daniel—
solo quedaba una posibilidad.
David.
Pero entonces llegó un cuarto mensaje.
Una fotografía tomada desde dentro de la propia casa.
La cuna de Nico.
De hacía apenas unos segundos.
Alguien los estaba observando.
Y debajo:
DAVID TAMPOCO ESTÁ EN LA CASA.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
Si Daniel estaba con Mateo…
y David estaba en otro lugar…
¿quién había estado dentro de la habitación de Nico?
Teresa perdió el color del rostro.
—No puede ser.
—¿Qué?
Ella miró hacia la cuna.
—Vittorio me dijo que solo tres bebés sobrevivieron aquella noche.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué significa “solo tres”?
Teresa no respondió.
Elena encontró una última hoja dentro del sobre.
Un antiguo registro de maternidad.
ROMANO — BEBÉ A: DANIEL
ROMANO — BEBÉ B: DAVID
ROMANO — BEBÉ C: ALEJANDRO
Y debajo había una cuarta línea.
Casi borrada.
ROMANO — BEBÉ D: TRANSFERIDO
No aparecía ningún nombre.
Solo un código.
4471.
Alejandro miró a su madre.
Teresa comenzó a llorar.
Porque de pronto la pregunta ya no era quién había intentado llevarse a Nico.
Era quién era el cuarto hijo Romano.
Y por qué alguien había esperado décadas para regresar a la familia justo cuando nació el bebé.